sin título (aunque creo que lo llamare acontecer)
Al parecer todo fenece, o acaso me equivoco querida Salome, dijo aquel hombre con una tanto voz dulce como apocalíptica a su fiel animal, mientras abordaba el último vagón del subterráneo. El paisaje que el, cariñosamente llamado, Metro entregaba al usuario era abrumador. Al perecer los hados habían conjurado unir en ese instante todas las cadenas de la vida pues en un extremo se encontraba una joven madre, primeriza a todas luces, con no más de dos décadas de vida cargando en su espalda, como anteriormente lo hicieron su madre con ella y su abuela con su madre, a su pequeño retoño; sus manos lucían ocupadas, llenas de artilugios de esos que usan las damas para atender a los vástagos. Junto a la antes mencionada se alcanzaba a observar un anciano que a simple vista parecía no tener menos de una centuria sobre su espalda, dada la geometría que dibujaba su espinazo, de ceño fruncido y cara de pocos amigos, quien, por cierto, se veía a punto de lanzar un grito de socorro gracias a los lloriqueos del niñito que se encontraba a su lado. Sentada a unos pocos metros la pareja de quinceañeros enlazados como un par de ramas de enredadera que se funden y confunden el uno con el otro llegando a crear un solo ser; disfrutando aquellos placeres del primer amor que muchos han olvidado en su forma pero siguen recordando, muy dentro de sus corazones, su fondo. Detrás de ellos una mujer, de no muy corta edad, con gesto vacilante y dubitativo se encontraba leyendo la última parte de Juventud en Éxtasis –coincidencia, no creo- al mismo tiempo que trataba de zafar su, otrora, trenza la cual había sido succionada por el vórtice pasional del asiento que le antecede, o que le sigue dependiendo de donde se mire. Al otro extremo una cofradía de párvulos ataca con saña y dolo a sus padres como quien se venga de la muerte del hermano so pena de juicio ante las Erinias. Sentado en el piso se observaba un joven de apariencia torpe y reflejos tardos que hurgaba en su nariz como buscando la redención en su alma. De igual modo se encontraban otros tantos pasajeros anónimos de quienes solo diré que estaban –dejando de lado un poco la ambigüedad del verbo estar y, así mismo, cediendo a la vaguedad en cuanto a género que nuestro idioma nos obliga a utilizar a menos que queramos caer en trampas demagogas y politiquerías baratas- sentados, parados, hombro con hombro, sudor con sudor, maldiciendo, en actitud pueril, faltos de sueño y uno que otro trataba de emular a aquellos caballeros del decimonono cediendo el lugar que tanto trabajo le costo a alguna octogenaria que ni las gracias le ofreció.
A todo esto, y más, nuestro dicho profeta (maldito, si me permiten añadir) y su amado acompañante canino se encuentran negados a ver la luz –al menos en apariencia- pues, dicho sea de paso, ambos sufren de aquel mal al cual Saramago le dedicó tantas y tantas páginas: La ceguera. Aún así parece que son estos dos quienes más disfrutan del paisaje ya que ríen con los párvulos, se fascinan con los malabarismos ruidosos e intrépidos de la madre inexperta, acompañan sigilosamente a la cuarentona en su exhaustiva lectura, se llenan de estupefacción con la habilidad innata del joven minero nasal, sudan, maldicen, juegan, se sonrojan y demás pues me faltarían hojas, y ante todo tinta, para describir las miles de facetas que tienen estos dos a lo largo de su trayecto en el transporte público.
Quizá es por esto que aquel viejo a decido vivir sus días postreros a lado de su fiel perro con nombre de perra, válgame el doble sentido de la frase pues debo añadir que el animal es macho por nacimiento pero hembra por nombramiento, quien a pesar de su deficiencia visual no esta exento de otras tantas virtudes envidiables por muchos homo sapiens sapiens.
Y con la misma expresión del que contempla la muerte a los ojos y se toma una copa con ella, el anciano y su perro bajaron del vagón y siguieron su camino de siempre dejando atrás como día a día lo hacen las, válgame la alusión a Plutarco, vidas paralelas que a su alrededor transcurren sin ton (¿o con?) ni son.
N. de
Es probable que el final no satisfaga el ansia del lector quien, quizá, buscaba al final del escrito algún epílogo tal como “Menos mal, detesto oír a los perros aullando” o al menos alguna moraleja que justifique las palabras antes escritas. Pues esto no ha sido así debido a que el único fin de este escrito es retratar como dos sujetos, sí sujetos, observan sin vista el acontecer cotidiano del Transporte Colectivo Metro.
(Nótece que fue pensado para imprimirse y no sólo quedarse en el mundo virtual)
0 Comments:
Post a Comment
<< Home